Hay decisiones que marcan un antes y un después. Elegir qué estudiar es una de ellas. No solo porque define un recorrido académico, sino porque, en muchos casos, se vive como una apuesta por el futuro, una forma de imaginar la vida adulta. Hoy, para los jóvenes tucumanos, esa elección ocurre en un escenario atravesado por la duda.
LA GACETA se metió de lleno en esa odisea que significa esa elección con una serie de notas publicadas a partir del martes y hasta la próxima semana denominada: “¿Qué estudiar hoy? Entre la vocación y un mercado laboral que se transforma”
Durante años, la promesa era clara: estudiar garantizaba progreso. El título funcionaba como un puente casi seguro hacia la estabilidad. Esa idea, sin embargo, se está perdiendo. Los datos lo confirman, pero sobre todo lo dicen ellos, los jóvenes. “Tener un título no te asegura el futuro”, resume una estudiante. No es una frase aislada: es el síntoma de una época.
En ese contexto, la vocación ya no alcanza por sí sola. Aparece “tensionada” por una pregunta más urgente: ¿de qué voy a vivir? Y en esa tensión, muchos jóvenes sienten que deben negociar con sus propios deseos. “Si no te da plata, no sirve”, dice otro estudiante. La crudeza de la frase revela algo más profundo que una preferencia: expone el peso de las distintas realidades económicas.
Pero reducir la elección a un cálculo sería simplificar demasiado. Lo que está en juego no es solo la salida laboral, sino el sentido. Elegir una carrera sigue siendo, pese a todo, una forma de responder otra pregunta: “¿quién quiero ser?”. Incluso cuando esa respuesta está llena de dudas.
La irrupción de la inteligencia artificial amplifica esa incertidumbre. No porque los jóvenes no entiendan la tecnología, sino porque intuyen que las reglas del trabajo están cambiando más rápido que los planes de estudio. Frente a eso, aparece una certeza: habrá que adaptarse. Aprender, desaprender, volver a aprender. No una vez, sino muchas.
También cambia la geografía de las oportunidades. Tucumán no es el único horizonte posible. El trabajo remoto y la migración -real o imaginada- ensanchan el mapa. Pero esa apertura convive con otra pregunta: ¿es necesario irse para crecer? Quizás ahí radica otro dilema importante: no se trata solo de elegir una carrera, sino de decidir, de algún modo, un proyecto de vida. Y hacerlo en un momento donde casi todo parece inestable.
Frente a eso, tal vez la respuesta no esté en encontrar la elección perfecta, sino en aceptar que no existe. Que elegir hoy no es definir para siempre, sino dar un primer paso en un camino que, inevitablemente, va a cambiar.
Para los jóvenes de nuestra provincia, esa puede ser la verdadera dificultad, pero también la posibilidad: entender que el futuro no está dado, y que, aun en la incertidumbre, sigue siendo algo que se construye.